viernes, 17 de septiembre de 2010

Panorama informativo de la educación superior

Humberto Muñoz García*
recillas@servidor.unam.mx

Nada nuevo bajo el sol. La educación superior sigue con el mismo perfil de hace años, con un caudal de problemas no resueltos. Así lo marca la continuidad de políticas, que a estas alturas no son apropiadas para dar el salto cualitativo que requiere nuestro sistema educativo. No obstante, sería de ciegos no ver la cara frontal del astro rey.

En la república de los indicadores todo sube, pero no tanto. No se puede negar que hay una tendencia positiva. Lo que pasa es que los cambios se vienen dando de a poco, de una manera muy pausada. Y eso puede ser bueno en el largo plazo. En el corto plazo, no satisfacen las expectativas pero, lo que es peor, no alcanzan a satisfacer una enorme cantidad de necesidades en materia de conocimiento y de nuevos cuadros de alto nivel, indispensables para que los negocios prosperen, para que el país se desarrolle y la gente que estudia, viva mejor.

Hay una serie de resultados en torno de la equidad que deben contemplarse. Los estudiantes de familias de bajos ingresos han incrementado su participación en la matrícula de este nivel educativo. Según se estima, en este año, hay alrededor de 300 mil estudiantes que cursan programas de licenciatura y de técnico superior universitario en las instituciones de educación superior públicas que reciben beca del Pronabes. El resto de los estudiantes son de clase media baja, clase media alta y de clase alta. Es obvio que los jóvenes tienen una mayor probabilidad de estudiar una carrera a medida que aumentan los ingresos de sus familias. Las oportunidades de llegar a la educación superior deberían ser más parejas.

Se ha hablado entre políticos y especialistas, en la prensa, que tales oportunidades se vienen incrementando. Se ha llegado a la meta de cobertura antes del tiempo previsto. En este sexenio la tasa de cobertura bruta para el grupo de 19 a 23 años pasó de 26.7 a 30.1 en el ciclo 2010-11. Esta última tasa se esperaba alcanzar en 2012. Habrá que reconocer el esfuerzo. El crecimiento de la matrícula en los recientes cuatro años fue de 112 mil estudiantes por año, aproximadamente. Destaca el aumento relativo en el posgrado, que en el periodo 2006-2010 fue de casi 30 por ciento.

Pero la tasa de cobertura sigue siendo baja frente a lo que se ha logrado en otros países, y frente a lo que necesita México, de tal manera que, con toda la prudencia, se ha propuesto que se llegue a una tasa de 50 por ciento en el año 2019. Esto le va a tocar al próximo gobierno. Los demógrafos dicen, en números gruesos, que las cosas se van a facilitar porque el grupo de jóvenes en cuestión ya mantiene un volumen relativamente estable, con tendencia a la baja, sobre todo a partir de 2015. No obstante, llegar a esa tasa significa, prácticamente, incorporar anualmente a un número de estudiantes bastante mayor del que se ha incorporado hasta ahora.

No se puede pasar por alto lo ocurrido en la república. La información estadística indica que ha aumentado el número de entidades federativas que sobrepasan 25 por ciento de la cobertura. Ya sólo quedan siete por debajo de esta cifra. De nuevo, es un buen logro, pero aún falta desatorar la enorme concentración de la educación superior y la investigación en un puñado de entidades federativas y disminuir más las brechas entre los 25 estados que han mejorado su cobertura. En este siglo tener o no tener educación superior será un criterio básico de diferenciación social.

El mayor aumento de la matrícula de licenciatura seguirá dándose en el sector público. En los recientes diez años, a pesar de que se crearon más de 2 mil 105 escuelas (la mayoría privadas), ha habido una muy ligera disminución de la matrícula de este nivel en el sector privado respecto de 2000: en este año alcanzó 30.8 por ciento. El ámbito privado, con todo y las escuelas patito, ha comenzado a ser selectivo, por las limitaciones económicas de las familias. La privatización de la matrícula es mayor en el posgrado, con 48.1 por ciento. Y resalta que 40 por ciento de la planta docente en licenciatura (263 mil 912) trabaja en escuelas particulares, lo cual llama la atención para futuros análisis de este segmento.

La calidad de la educación superior se ha presentado por los círculos oficiales mediante el sistema de acreditación de los CIEES y del Copaes. Nos dicen que en lo que lleva esta administración ha habido un aumento (13.7 por ciento) de los estudiantes de este nivel educativo que cursan programas reconocidos por su buena calidad, que este año alcanzó 50.7 por ciento. Para dar una idea de la tarea, en los primeros cuatro meses de 2010, los CIEES evaluaron más de 3 mil programas. Cito la cifra, porque en el medio académico cada vez se tiene menos confianza en estas evaluaciones y en el sistema de evaluación todo. Parece que va a quedar como objetivo del próximo gobierno darle una vuelta de tuercas al asunto de la evaluación, y a las remuneraciones y pensiones de los académicos, porque el sistema vigente está agotado, y todo el mundo lo sabe, pero ya nadie quiere moverse.

Finalmente, es verdad que se ha incrementado el financiamiento para la educación superior, que ha habido un impulso en este rubro. Pero también es cierto que el llamado gasto se ha mantenido con muy poca variación respecto del PIB. Además, cada vez es más difícil obtener recursos públicos suficientes y oportunos, entre otras cosas, por la actitud de Hacienda y por el cabildeo que anualmente debe hacerse en el proceso legislativo (Mendoza, 2009). Habrá que estar atentos para que no haya disminuciones y proponer que se hagan presupuestos multianuales.

En suma, ha habido cambios, se notan, pero son insuficientes para hacerle frente a los requerimientos de la nación y para darles un futuro promisorio a los jóvenes. No se puede esperar más para los dos años siguientes. La clase política, incluida la lideresa del SNTE, ya sólo piensa en 2012.

Nota
Los datos estadísticos se obtuvieron del cuarto informe del Ejecutivo federal, 2010.
* UNAM. Seminario de Educación Superior, IIS. Profesor de la FCPS.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Bicentenario de un Estado fallido


Jorge Carrasco Araizaga
Proceso/10 de septiembre de 2010

La convicción es generalizada: no hay nada que celebrar.
Los 200 años del surgimiento de México como nación nos alcanzaron en medio de una severa crisis del Estado mexicano.Los mexicanos lo padecemos y el mundo es testigo. Pobreza endémica, violencia inusitada, corrupción atávica y una desigualdad que avasalla en cualquier lugar del territorio, son expresiones de la debilidad en que se encuentra el Estado mexicano del siglo XXI.De las guerras intestinas del siglo XIX que costaron la mitad del territorio a la dictadura porfirista y del régimen autoritario del PRI que predominó en el siglo XX a la alternancia pactada de ese partido con el PAN, el Estado que se gestó hace dos siglos ha sido incapaz de generar uno de sus componentes básicos: la ciudadanía.
México tiene casi 110 millones de habitantes, pero más del 60 por ciento es una masa que apenas sobrevive. Y muchos millones de los que satisfacen con creces sus necesidades básicas constituyen otra masa más preocupada en diferenciarse de la otra.La falta de ciudadanía permite y explica a una elite política y económica que en dos siglos ha dispuesto de los recursos de la nación sin someterse a un control real y efectivo.Su voracidad y trapacerías explican en buena medida la impunidad histórica de México.
La clase media que el autoritarismo priista tuvo como válvula de escape ha sido avasallada en los tiempos de la alternancia, al tiempo que los poderes formales del Estado son cada vez más ricos. Es el costo de la democracia, dicen.La creciente disposición de recursos por parte del Ejecutivo, Legislativo y Judicial no ha significado tampoco el desarrollo de ciudadanía, sino de una masa burocrática, cuyas elites se procuran jugosos beneficios sin más méritos que su capacidad de apropiarse lo que por derecho no es suyo.
Sindicatos, partidos políticos y aparatos locales de poder son parte de ese esquema. El abandono del modelo solidario de desarrollo y la entrega de los recursos y bienes nacionales a privados nacionales y extranjeros, ha atentado también contra la formación de ciudadanos.
En tales condiciones, el bicentenario Estado mexicano generó su propio veneno: los poderes fácticos, representados por el narcotráfico y la televisión.A manos del narcotráfico, el Estado mexicano ha dejado de tener presencia en crecientes zonas territoriales en todo el país. Además de territorio, otro de los componentes que explican a un Estado, el de México ha perdido a miles de personas que viven en torno a la ilegalidad y la violencia.
Ante la televisión, los Poderes del Estado han perdido autoridad. Están sometidos a la dictadura de la pantalla.Beligerante, la televisión desafía y hace sentir su fuerza cuando se trata de que prevalezcan sus intereses, a costa de los de la nación. Forma y deforma, también en detrimento de la ciudadanía.El Estado tampoco se explica sin la condición primordial de su surgimiento: el de garantizar la integridad de las personas y la posesión de sus bienes. Es su obligación de seguridad pública. Pero los 28 mil muertos que van en la "guerra al narcotráfico" del gobierno de Felipe Calderón hablan de un problema mayor: el de su incapacidad para garantizar la seguridad nacional.
La llamada estrategia contra las drogas, además, ha sido costosa para la dignidad de las personas. Otra función primordial del Estado es garantizar el respeto a los derechos humanos y en eso tampoco se ha consolidado en México en sus dos siglos de existencia.
jcarrasco@proceso.com.mx

Festejos


Sara Sefchovich
El Universal/12 de septiembre de 2010

El momento del máximo esplendor del régimen de Díaz, fueron las fiestas de celebración del centenario de la Independencia. La parte visible de la ciudad de México fue embellecida y engalanada. Se derrocharon 20 millones de pesos para agasajar y atender a invitados extranjeros y nacionales que asistieron a comidas, recepciones, inauguraciones de obras públicas y monumentos, conciertos y actos culturales, desfiles, cenas y bailes.

Los festejos duraron todo el mes de septiembre: se abrieron el día primero con la inauguración del Manicomio General de La Castañeda a la que asistieron los miembros del gabinete y el cuerpo diplomático en pleno, además de unas tres mil personas. Ese mismo día la colonia italiana obsequió a la ciudad una estatua de Garibaldi, que por cierto enojó a quienes veían al prócer como enemigo de la religión católica. Al día siguiente llegó a la capital la pila bautismal de don Miguel Hidalgo que recibió honores militares antes de quedar colocada en un museo. El día 3 puso Díaz la primera piedra de la nueva cárcel de Lecumberri; el 4 hubo desfile de carros alegóricos; el 5 entrega solemnísima de cartas credenciales de los embajadores especiales que venían a las fiestas; el 8 homenaje a los Niños Héroes y el inicio de un Congreso de Americanistas; el 9 exposición de arte español; el 11 colocación de la primera piedra del monumento a Pasteur que los franceses obsequiaban a México y desfile de trajes típicos; el 12 inauguración de la Escuela Normal para Maestros; el 13 se develó en la Biblioteca Nacional un busto de Humboldt, regalo del káiser alemán; el 14 homenaje en la Catedral a los héroes de la patria y desfile, y por fin el 15 (la fecha original del levantamiento se adelantó un día para hacerla coincidir con el cumpleaños del caudillo) el grito “en la más suntuosa ceremonia que haya registrado nuestra historia”, según escribió Antonio Garza Ruiz.

Multitudes aplaudieron al presidente cuando salió al balcón central y le gritaron vivas cuando tocó la histórica campana de Dolores, traída especialmente para la ocasión.

Posteriormente en Palacio Nacional se efectuó una recepción a la que siguieron cena y baile que se celebraron en el patio central al que se había cubierto con un hermoso emplomado mandado a hacer para esa noche. Cientos de invitados asistieron engalanados con levitas, elegantes vestidos y ricas joyas. En el convivio degustaron platillos de la comida francesa que, como escribió Salvador Novo, vino a sustituir a la comida española. El menú de esa noche de gran gala fue: “Consomé de res y ternera, sopa de tortuga, trucha salmonada, filete de res, pollo y pavo con espárragos y legumbres varias, trufas y hongos y patés, todo regado con excelentes vinos, agua mineral y al final cognac”. También corrió el champagne que, como escribiría Mariano Azuela, “ebulle burbujas donde se descomponen la luz y los candiles”.

Para esa que fue la fiesta más importante de la temporada, la señora Carmelita de Díaz llevaba un vestido de seda bordado con oro, broche y al cuello varios hilos de perlas del mejor oriente. Cual si fuera reina, completaba el atuendo una espléndida diadema de brillantes. Y don Porfirio, con todas sus condecoraciones al pecho (como se ve en un óleo pintado por Cusachs) aparecía como “la majestad de la República”, según escribió Juan A. Mateos.

En el Zócalo y en las calles de la ciudad, profusamente iluminadas, había bailes populares. Cuentan las crónicas de la época que la alegría se prolongó durante toda la noche, con las luces de bengala, las campanas al vuelo en las iglesias, la música.

Y al día siguiente, como cierre magnífico de las festividades, se inauguró la columna de la Independencia, monumento diseñado por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, en el cual la victoria alada se elevaba sobre la ciudad desde un altísimo pedestal de casi 40 metros, levantado en el elegante y afrancesado Paseo de la Reforma. El señor diputado Salvador Díaz Mirón, “el primero de los poetas nacionales” declamó las palabras: “Salve a Nuestra Señora/La Virgen Democracia”.

De ese festejo ya han pasado cien años. En unos días podremos hacer el balance y la comparación.

sarasef@prodigy.net.mx


Escritora e investigadora en la UNAM

martes, 7 de septiembre de 2010

Germán Dehesa hizo mutis previo aviso

Miguel Angel Granados Chapa
Proceso/5 de septiembre de 2010

Germán Dehesa salió del escenario con presteza y, conforme a la urbanidad que le inculcó su señora madre, no lo hizo sin avisar. Sus médicos le habían anunciado que un mal veloz e incurable cobraría su vida “a finales de año”. La muerte se anticipó al pronóstico, más cercano el que, susurrante, me hizo conocer su gran amigo Humberto Murrieta: “es terminal, le dan cuando más tres meses”.

El 25 de agosto, su Gaceta del Ángel, la columna que aparecía de lunes a viernes en Reforma, incluyó lo que acaso sea su texto más poderoso: “Creo que no les he contado que estoy enfermo, seriamente enfermo. Tengo cáncer, pero hasta ahora la enfermedad no me ha producido ningún dolor insoportable”. Deseamos que así hayan transcurrido sus días postreros. El 1 de septiembre no apareció su columna, pero sí el aviso del editor de que reaparecería el viernes 3. Escritas estas líneas al anochecer del jueves 2, ignoro si ese ofrecimiento se cumplió.

Germán Dehesa Violante nació en la Ciudad de México el 1 de julio de 1944. Su crianza le inoculó una dualidad de la que buscó escapar. Era hijo de un veracruzano juguetón, alegre, algo irresponsable según decía el propio Germán, y de una madre adusta y sufridora, adicta a una religiosidad popular que “se le cayó” pronto al segundo de sus hijos. Ángel, el primero, había nacido con un impedimento cerebral. Margarita, la tercera, se hizo médica notable.

Germán fue alumno de escuela pública en el nivel elemental, pero un profesor avisado, que percibió sus dotes singulares, consiguió para él una beca en el Centro Universitario México, la preparatoria de los maristas, a la que volvería a enseñar literatura. Él la aprendió por su cuenta, pero también en la Universidad Nacional. Inscrito originalmente en ciencias químicas, naturalmente pasó pronto a filosofía y letras. Allí conoció a Concepción Christlieb, sobrina del dirigente del PAN Adolfo Christlieb e hija de Alfredo, una de las glorias de la ingeniería mexicana, fundador de una gran empresa, Sociedad Electromecánica, Selmec. De ese matrimonio nacieron Ángel, Juana Inés y Mariana.

Sin abandonarlas del todo nunca, Germán fue más allá de las aulas universitarias con sus talentos, como profesor y como autor. En los años ochenta comenzó a escribir artículos en la página editorial de Novedades, un diario tan pulcro como anodino, casi sin lectores, que no prevaleció cuando comenzó la verdadera competencia periodística en México. Con ojo avizor, Rogelio Cárdenas lo invitó a escribir en El Financiero. Y con mayor perspicacia aún, Alejandro Junco y Ramón Alberto Garza, presidente y director editorial del proyectado diario Reforma, lo convirtieron a partir de noviembre de 1993 en columnista de todos los días, ya floreciente el acusado y aguzado sentido del humor con el que avivaba sus muchas y varias lecturas literarias.

Fundó un taller literario, en que enseñaba a leer y a escribir a señoras hartas de sus exclusivas labores domésticas. Generó un caudal de alumnas, gratificadas por el descubrimiento de mundos inimaginados. En el mismo local donde impartía sus lecciones dio otro paso hacia la construcción de su figura pública. Montó un pequeño cabaret, denominado El Unicornio, en cuyo breve escenario dio salida a su aptitud para la sátira política. Escribió obras que perduraron en la memoria de sus espectadores, no obstante la fugacidad de sus temas. Tapadeus, por ejemplo, y luego Zedilleus, ridiculizaron los hábitos mexicanos sobre la sucesión presidencial. La dramaturgia en la que de ese modo fue interiorizándose tenía siempre un toque musical, al mismo tiempo jolgorioso y fino.

En los noventa el personaje de Germán Dehesa adquirió, con su columna en Reforma y sus actuaciones en La Planta de Luz, el escenario propio que sustituyó a El Unicornio, una dimensión estelar. Había antes hecho televisión y radio. En el canal 13, propiedad estatal todavía, hizo con Ángeles Mastretta una recordable emisión nocturna, La Almohada. En varias estaciones radiofónicas transitó en compañía de María Victoria Llamas y Alejandro Aura, o solo. Llegó a montar un estudio de audio en San José Insurgentes.

Pero nada superaba su presencia en Reforma y en la plaza Loreto. Generó un caudal de seguidores a los que involucraba en sus iniciativas filantrópicas. De no interrumpirlo la muerte, a esta hora estaríamos leyendo el comienzo de una cruzada para auxiliar a los damnificados de Tlacotalpan, el hermoso pueblo ribereño del Papaloapan a cuya fiesta de La Candelaria acudía puntual cada 2 de febrero.

En noviembre de 1994, ese año que, como ahora ocurre, “vivimos en peligro”, los voceadores desafiaron a los editores de Reforma, que introdujeron amén de cánones periodísticos atractivos, pautas de comportamiento empresarial que contrariaban las rutinas de la Ciudad de México. La Unión de Voceadores se negó a hacer circular el diario en días feriados, y de plano trató de impedir su distribución. Los editores convocaron a su personal, a sus colaboradores, a sus lectores y amigos para hacer directamente la venta de ejemplares del diario. En ese lance Dehesa fue, al mismo tiempo, vistoso y eficaz. Reunió un equipo en torno suyo, los baboseadores, como los llamó jugando con las palabras, y desde un punto de venta situado a la vera del edificio de Radio Mil, en Insurgentes sur, colocó durante semanas cientos de ejemplares de un periódico que creó enseguida una modalidad del voceo callejero, los miniempresarios.

Desde sus columnas, Germán Dehesa se sumaba a cuanta causa civil le parecía digna de apoyo, o las suscitaba. Se valía para la movilización consiguiente de su enorme capacidad para hacer amigos. Se hizo proverbial su afición al futbol, su inclinación a los Pumas y su amor por la universidad en que se formó.

Cuando entre dientes circuló la especie de que moriría pronto, se organizaron actos en su honor. Su muerte obligó a cancelar el que el viernes 3 se realizaría en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario. Pudo realizarse, sin embargo, el que tres semanas atrás sirvió para que recibiera una Medalla al Ciudadano Distinguido que le entregó el gobierno en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. Se intuía, y hoy se sabe, que era una ceremonia del adiós. Hablaron de él Tania Libertad, Carmen Aristegui, Marcelo Ebrard, Fernanda Familiar y su hijo Ángel.

Visiblemente maltrecho, tuvo arrestos para agradecer el festejo y contribuyó centralmente a su desarrollo. Al modo de tertulias literarias sobre Sabines y Borges que había montado en sus establecimientos, puso la pieza Permiso para vivir, en que leyó poemas y escuchó cantar a Adriana Landeros, acompañada por un trío formidable. Casado con Adriana, procrearon a Andrés.

Fue como si le llevaran serenata al filo de su hora suprema.

sábado, 21 de agosto de 2010

De vuelta a la evaluación

Humberto Muñoz García*
recillas@servidor.unam.mx


Hace seis años se publicó La academia en jaque, perspectivas políticas sobre la evaluación de la educación superior en México (I. Ordorika, coordinador). Es un libro colectivo del Seminario de Educación Superior de la UNAM. Varios autores hicimos señalamientos y críticas a la evaluación en virtud de que los programas, puestos en marcha desde mediados de los ochenta, han tenido un impacto muy fuerte en la vida de las instituciones, y de quienes las habitamos, con resultados diversos e indeseados.

Entonces hicimos nuestros propios análisis y, desde luego, tratamos de recoger lo dicho por un núcleo amplio de colegas. Y, no obstante, al asunto de la evaluación no se le ha prestado la atención debida: sigue habiendo distintas posturas que se contraponen, en su apreciación, en su perspectiva política y en las partes técnicas. Aclaro que la mía no es en contra de la evaluación, pero sí en contra del modelo que se ha utilizado, por sus efectos perversos, que han terminado por desvirtuar la academia.

¿Por qué insistir en el asunto de la evaluación? Porque a los académicos nos afecta en el trabajo cotidiano. Ha sido la política central del gobierno, compuesta por un conjunto amplio de lineamientos que atienden a distintos ámbitos: el sistema de educación superior, las instituciones que lo forman, los programas que llevan a cabo, los medios de difusión, en los que se publican los trabajos, y los miembros de la comunidad académica y científica del país.

No existe evidencia de que aplicadas las evaluaciones en cada ámbito existan las conexiones para tener una visión articulada y global de cómo opera la realidad académica nacional. Lo que sí es cierto es que en cada uno de estos niveles intervenimos los académicos, al punto de saturarnos con múltiples informes, cada uno distinto, recolectando un volumen de documentos probatorios que nadie en su sano juicio revisa. En ningún otro lugar del mundo hay tal sobreevaluación. Así de simple es la falta de confianza que nos tienen las burocracias, en cuyos escritorios, y sin mediar otras sensibilidades, se diseñan los instrumentos con los que tratan de medir todo lo que les parezca debe ser incluido en la evaluación.

Este embrollo nació en una mala coyuntura para las universidades, durante el llamado “ajuste estructural”. Cuando, desde el gobierno se tacho a lo público como ineficiente y a lo privado como lo competente, innovador y productivo. En un punto de contracción de las remuneraciones académicas, de multichambismo para mantener el estatus. El gobierno, con el acuerdo de un grupo de científicos, tomó la decisión de deshomologar los salarios. La academia estaba vulnerable y su respuesta fue asumir las políticas que establecieron mecanismos alternativos para conseguir ingresos decentes.

Con otros colegas, fuera del seminario, hemos coincidido en que la evaluación por méritos ha inducido a la simulación, el individualismo, el clientelismo, el credencialismo y la corrosión del carácter y del espíritu académico. A la congregación de una capa de académicos que tienen como misión ser verdugos de sus pares.

Quienes estudiamos a la educación superior estamos de acuerdo en que el sistema de evaluación produce altos niveles de estrés y de angustia que han hecho de la profesión académica una profesión de alto riesgo para la salud. El modo de trabajo nos ha quitado tiempo para reponer la energía que requiere la labor intelectual y, lo peor, para reflexionar.

No creo que ningún buen académico se oponga a que le revisen sus méritos o a la competencia por el prestigio. Lo que no parece correcto es que se hayan creado tres jerarquías académicas, la que contienen los estatutos del personal académico en cada institución, la establecida para los estímulos económicos y la tercera para quien desea ser investigador nacional o cumplir con el perfil deseable.

Lo señalado se sintetiza en desinstitucionalización, esto es, normas codificadas que se sobreponen y se vuelven prioritarias frente a las que privan por consenso e historia en las instituciones. Y con ella, llegó la desintegración de identidades y la desmovilización, conformismo y falta de motivación de los académicos para participar en el acontecer diario de su institución.

Este sistema de evaluación que se implantó en el país ha monetarizado a la academia, para “acercarla a los mecanismos de mercado”. Todo se mueve por el dinero en la “república de los indicadores”. El dinero ha estado presente en el control que ejerce el gobierno sobre las instituciones, en la conformación de valores ligados a la competencia, a una noción de calidad vacía, que cada quien llena a conveniencia. El dinero ha estado vinculado a la acreditación de organismos intermedios entre el gobierno y las instituciones, cuya operación ahora resulta dudosa.

Este breve repaso de las adversidades y perversidades del sistema de evaluación que se nos aplica, llama la atención para que volvamos a discutir, en un nuevo contexto, quién evalúa, qué, cómo y por qué, con miras de largo plazo. Discutir una alternativa que reconozca que cada institución tiene diferentes objetivos a ser tenidos en cuenta en relación con su entorno social. Que considere el compromiso y la responsabilidad de cada institución frente al desarrollo local, que devuelva la confianza en los académicos, que recomponga las formas de gestión de los recursos y su buen uso, que genere aprendizaje para corregir los patrones institucionales.

Por otro lado, desde la perspectiva del sistema, sería prudente reunir a todos los organismos que ejercitan la evaluación como un primer paso para ir avanzando en la construcción de un ente autónomo, que produzca información de cada segmento y cada parte del sistema educativo, de tal suerte que auxilie en el análisis del impacto de las políticas y que permita evaluar sus resultados. Urge construir un modelo de evaluación que sea parte de un proyecto histórico de la educación superior. Las autoridades universitarias tienen responsabilidad en que ocurra.

* UNAM. Seminario de Educación Superior, IIS. Profesor de la FCPS.
Tomado de: http://www.campusmilenio.com.mx/381/opinion/hmg.html

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jueves, 12 de agosto de 2010

Polvos de aquellas elecciones...4


El vaquero que quizó, pero no pudó...

Polvos de aquellas elecciones...3


Karlita, la candidata que cedió el Distrito VIII al tricolor....

Polvos de aquellas elecciones...2


La sonrisa de la victoria