viernes, 22 de mayo de 2009

Marcha estudiantil este 25 de mayo


50 días de huelga en la Unison


Y Pedro como si nada....

Las horas finales de la autonomía universitaria en Sinaloa

Jorge Medina Viedas

La Primavera es un exclusivo desarrollo urbano en el que viven algunas de las familias más pudientes de Culiacán. El fraccionamiento, ubicado a pocos kilómetros de la ciudad capital del estado de Sinaloa, está protegido y circuido por un muro que se eleva varios metros, y a él se accede sólo previa autorización de los policías que custodian lo que parece una reservación posmoderna y hortera.
El 12 de mayo a las 8.30 de la noche, dos días antes de la elección del rector por el Consejo Universitario de la Universidad Autónoma de Sinaloa, en el Club Náutico de La Primavera, varios de los politizados y acaudalados miembros de la clase dominante de Culiacán, junto con el gobernador Jesús Aguilar Padilla, recibieron el informe terminante e inapelable del rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa, Héctor Melesio Cuen, en el cual les daba a conocer quién lo sucedería en el cargo.
Cuen Ojeda ofreció esta distinción al secretario de Educación, Florentino Castro López, y a empresarios poderosos como Enrique Coppel Luken, Juan Manuel Ley, Eustaquio de Nicolás de Homex. También a Alejandro Sánchez del Codesin, a Samuel Campos de la Coparmex, a Francisco Madero de Televisoras Grupo Pacífico, a Miguel Loredo de Ejecutivos de Ventas y Vicente Guerrero de la Asociación de Hoteles y Moteles, y a varios más.
El próximo titular de la rectoría de la UAS, les dijo Cuen a todos los convocados, sería Antonio Corrales Burgueño, y no Sylvia Paz Camacho, como les había anunciado meses atrás.
—Pero ella tiene sobrados méritos académicos —le recordaron los empresarios.—Pero yo quiero lealtad por encima de todo —los atajó Cuen.—¿Es una decisión tomada que no sea Sylvia Paz?—Es una decisión tomada.
Así ocurrió. Con anticipación a la decisión formal del Consejo Universitario, de acuerdo con el reporte del periódico sinaloense, Río Doce, un grupo ajeno a la Universidad Autónoma de Sinaloa, conoció y de hecho aprobó el nombramiento del rector para el periodo 2009-2013.
Sin ningún pudor político y sin ninguna consideración moral. Por encima de la ley y al margen de una comunidad de casi 100 mil universitarios.Sin el más mínimo respeto a la autonomía universitaria.
En efecto, horas después de que el rector arrastró a la tumba a la autonomía universitaria, el Consejo Universitario siguiendo mansa y mayoritariamente con sus instrucciones, votó a favor de Corrales. El doctor en Ciencias de la Educación recibió 207 votos. Sylvia Paz, la señalada favorita hasta antes de la reunión de La Primavera, obtuvo 34 votos. Uno apenas Gonzalo Armienta Hernández, y dos abstenciones.
Florencio Posadas, investigador de la UAS, comentarista expulsado de un programa de Radio UAS, por criticar la ilegalidad del procedimiento de elección de rector, ante estos hechos, escribió:
“Ahora se entiende mejor porque (sic) el miércoles 13 de mayo, un día antes de la votación para nombrar rector, sobre el escritorio del Gobernador del Estado, Jesús Aguilar Padilla, ya se encontraba el nombre del nuevo rector Víctor Antonio Corrales Burgueño… En pocas palabras, mucho antes de que se iniciara la Sesión del Honorable Consejo Universitario, se conociera el informe de la Comisión de Postulación, se elaboraran las boletas, se fabricaran las urnas, se nombraran los escrutadores y se votara en secreto y en conciencia, ya se conocía el nombre del ganador y el resultado exacto de la votación, considerando que el 15 por ciento de los consejeros leales a Silvia Paz rechazarían la consigna”.
Ante la evidencia, se hacían efectivas las palabras de un grupo de universitarios que se negaron a participar en el proceso que consideraban viciado de origen por el ambiente de intimidación que existía y porque “la convocatoria emitida carecía de bases para garantizar un proceso amplio, abierto, transparente, equitativo, que permita seleccionar a la persona idónea para conducir los destinos de la UAS”. (Guillermo Ibarra Escobar, Santos López Leyva, Carlos Karam Quiñónez, Ana Lucía Escobar Chávez, Carmen Audelo, Patricia González., Ana Luz Ruelas, Rafael Rentería, todos con maestros de la UAS con posgrado)
Con esta elección de rector, prácticamente concluye la gestión rectoral que regresó a la Universidad Autónoma de Sinaloa a los primeros años sesenta.
"La UAS retrocedió cincuenta años", exclamó hace unos días un trabajador universitario.
Sin embargo, el rector Cuen Ojeda, como lo presumían en España los franquistas a la muerte del dictador, considera que deja en la UAS, “todo atado y bien atado”.
Hinchado de ego y prepotenciaPero como el dictador, con una estela de abusos, arbitrariedades y corrupción y resentimientos persiguiéndolo. Y esto sólo lo acumula quien se ha hecho de un poder inmenso y lo ha ejercido a su antojo. Un poder que sólo se logra cuando las instituciones son débiles y cuando se han agotado determinadas normas y modelos de convivencia. En la Universidad Autónoma de Sinaloa, el ex rector Gómer Monárrez, con su gestión corrupta y personalista, acabó de socavar la debilitada estructura institucional y dejó a la Universidad sin fuerza moral.
No se necesitan demasiadas explicaciones para entender que sobre ese cuerpo menguado y una comunidad universitaria despolitizada, comodina y extraviada, confundida en su esquema de valores, era muy posible que se fraguaran las condiciones propicias para que emergiera alguien dispuesto a ofrecer los remedios para curar los males que significaban, en especial, los procesos internos de elección de las autoridades, y por donde se minaba la vida académica de la casa de estudios, y de paso su prestigio social.
Con esa coartada de por medio, muchos creyeron en la causa de Cuen como rector. Tampoco es difícil entenderlo: las campañas para elegir a rector eran vergonzosas. Él mismo llegó a la rectoría con el voto universal, en medio del dispendio y la corrupción.
Pero la coartada por una nueva ley que modificara esta anomalía, sirvió para que se configurara la antidemocracia y un nuevo corporativismo orgánico, capaz de darle toda la fuerza al grupo dominante en la rectoría.
La nueva ley que aprobó el congreso a petición de Cuen, fue una clara supresión de la vida democrática de la institución. No sólo eso: se aprobó sobre la base de que todo el pasado democrático y de lucha de la UAS, era condenable, aborrecible y por lo cual debía de ser irrepetible. Un quid pro quo, que los grupos del poder económico y político aceptaron gustosos.
La misma coartada con distinta estrategia utilizó para liquidar a los sindicatos. Sobre sus fragilidades y sus defectos, lanzó otra ofensiva que nadie podía cuestionar, pero a lo cuestionable, sumó su decisión de acabar con el sentido mismo del sindicalismo. De manera arbitraria, entre protestas de los trabajadores, canceló prerrogativas que, ciertamente excesivas, pudiendo ser objeto de negociación, lo hizo con su modo y estilo autoritario. La Subsecretaría de Educación Superior aplaudió sus “reformas estructurales”, cuyo incumplimiento van a lamentar en pocos años, no los actuales funcionarios, sino los que lo sucedan.
Los sindicatos, gracias al rector, quedaron liquidados. Ahora son organizaciones blancas al servicio de la parte patronal.
Sus “victorias” lo engolosinaron. A las autoridades estatales y federales las engañó y las sometió a su juego. Fue conocido que se dio el lujo de no contestarle una llamada telefónica al propio gobernador Aguilar, quien lo procuraba con urgencia para evitar un mal entendido político, relacionado con asuntos presupuestales de la UAS.
En una columna, el periodista Ismael Bojórquez dibujó resumidamente las pulsiones mentales de Cuen en la rectoría de la UAS: “Hinchado de ego convirtió el rectorado en una tiranía sorda, excluyente. No había crítica al rector que no tuviera una respuesta abierta o soterrada, franca o encubierta. De tal forma que logró el objetivo de acallar a sus enemigos dentro de la UAS a través del terror. A la expulsión de Aarón Quintero y Heriberto Arias, siguieron las campañas contra Carlos Karam, Teresa Guerra, Ana Luz Ruelas, Santos López Leyva. Y a través de testaferros, decenas de figuras en las escuelas y órganos universitarios que se atrevían a criticar al rector recibían como respuesta el aislamiento y la represión laboral. Los propios hombres y mujeres que habían servido o sirven todavía a Melesio Cuen, fueron objeto de reprimendas y advertencias: “Que no se les olvide, aquí mando yo, nadie más”.
Reprime, calumnia y gimeEn efecto, el ya casi ex rector, desde su arribo a la rectoría se propuso expulsar o desautorizar a todos sus adversarios o a quienes le significaran algún problema al logro de sus propósitos. A unos les arrebataba el sustento económico; a otros los acorralaba, los atacaba sin piedad, apoyado en un cuerpo administrativo con funciones de Ministerio Público; así fue como corrió a Aaron Quintero Pérez, uno de los líderes históricos del sindicalismo; su ofensiva aquí fue letal: lo despidió con la más absoluta impunidad y sin el más mínimo respeto a la legislación laboral: lo hizo a un lado y lo dejó sin trabajo. El golpe contra el otrora intocado líder del Sindicato de Académicos, fue pedagógico. Estableció el terror. ‘Si corrió a Aaron, lo puede hacer con todos’.
Y así dirigió la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ejemplo de institución democrática, espacio de libertad y de crítica, la máxima casa de cultura del estado fue perdiendo identidad. Parecía un contrasentido que un rector de ella fuera un represor. Lo fue: vestido de samaritano de la academia y bajo la consigna ñoña de “somos grandes somos UAS”, iba haciendo a un lado a sus adversarios, aislándolos, segregándolos, hasta acotar la libertad de la comunidad a los límites de sus deseos y sus intereses.
Por disentir, por defenderse, llevó al ministerio público a tres prestigiados investigadores, Rodrigo López Zavala, Guillermo Ibarra Escobar, José Guadalupe Yáñez y Santos López Leyva.
En el Consejo Universitario, oficiaba como un pastor; tomaba más de una hora para ofrecer un “informe institucional”. En el contexto de la sucesión, envuelto en el frenesí del poder y de su pérdida que veía cercana, el 2 de abril, una crítica de la doctora Ana Luz Ruelas a su proceder, le agotó su paciencia. Acordó que el Consejo Universitario investigara y procediera contra quien hiciera críticas contra la UAS, bajo la amenaza de ser expulsados de la universidad quien resultara culpable. Aplicó lo que los universitarios llamaron una ley mordaza. El caso de la doctora Ana Luz Ruelas es emblemático, no por la actitud intolerante de Cuen, sino por la dignidad que ella ha demostrado, y que es el mejor signo de que estos valores aún perduran en la conciencia de muchos universitarios.
Intervinieron en defensa de la doctora Ruelas, organizaciones nacionales e internacionales. Al rector no le importaron las denuncias. Siguió adelante y amenazando.
Otros universitarios fueron víctimas de su actitud persecutoria. Los acosaba hasta cerrarles las expectativas. Buscaba minarlos moralmente. A periodistas aliados que trabajaban para él en Radio UAS, los defenestró de la noche a la mañana. Y a los críticos de algunos medios, si no conseguía su sumisión por la vía del dinero, los llenaba de adjetivos y acusaciones; en su propósito de desprestigiarlos y desautorizarlos, expelía un lenguaje vil e infamante.
Se lo dijo en la reunión del Consejo Universitario en que se eligió a rector el investigador Rodrigo López Zavala: “No (hay que) confundir la crítica con la denostación”. Y fue directo: "El rectorado se va con una deuda: la persecución y el hostigamiento a quien pensaba distinto" (Río Doce, 18 de mayo).
Cuatro años de farsaFueron cuatro años en los que los logros fueron obnubilados por la farsa y la represión. Los aspirantes a la rectoría, Sylvia Paz y Gonzalo Armienta Hernández (que para nada pueden considerarse enemigos de Cuen), revelaron en sus propuestas de programas de gobierno carencias y debilidades de la UAS. Indicaron las deficiencias en todos los órdenes: se refirieron al abandono a los estudiantes y a un profesorado que gana menos que otros académicos de otras instituciones; ante la Comisión de Postulación denunciaron que hay un bajo porcentaje de titulación en los programas de licenciatura comparados con la eficiencia terminal, que es de 67 por ciento; sólo 13 por ciento de la matrícula de posgrado es atendido en programas reconocidos por su calidad.
Sylvia Paz fue a más: habló de la inadecuada integración en el trabajo de los cuerpos académicos, de la desarticulación de las funciones sustantivas de la institución, del número insuficiente de profesores de tiempo completo y la concentración de programas educativos diversos en el centro del estado. Y para que no hubiera dudas, Paz Camacho, demostró que el número de miembros del Sistema Nacional de Investigadores es bajo y que la infraestructura de carácter transversal en las unidades académicas, es notoriamente insuficiente.
O sea, a la UAS le falta un largo trecho por caminar para ser una universidad de calidad y eso no debe avergonzar a nadie. La calidad es una búsqueda permanente que libran todas las universidades de México.
Pero por cuatro años, Cuen se empeño en imponer una falsa visión de la realidad universitaria. Quiso hacer creer que él inventó la universidad, que todo se hizo a partir de él.
Además, se convirtió en el rector del miedo. Le mataron a su abogado al principio de su gestión y ni se inmutó. Eso ya hablaba de una mentalidad fría e implacable de origen, que anticipaba el carácter y el empuje hacia sus objetivos, y el evidente deseo de lograrlos sin pensar en los medios materiales o morales.
Sin duda que Cuen logró mucho más de lo que pensó al principio de su rectorado. Lo hizo con audacia y agresividad en un lugar de débiles. Socavó la libertad de expresión y de crítica, negando la esencia de la universidad.
Pero haber enterrado la autonomía universitaria de la UAS y entregar la constancia de su defunción al grupo de La Primavera, establece un parteaguas en la historia, no de la Universidad Autónoma de Sinaloa, sino de un estado que de esa manera corre el riesgo de ver caer abatidos los fundamentos jurídicos y morales de su vida institucional. Y en todo caso, será la propia comunidad universitaria la que juzgue y la que se haga cargo de revivir la dignidad, la democracia y la autonomía universitaria.


La coyuntura de la epidemia, la confluencia de puntos críticos y la universidad

Humberto Muñoz García

Dada la coyuntura, hay bastantes especulaciones y controversias de lo que va a ocurrir en la sociedad mexicana. Al respecto tenemos opiniones encontradas. Los funcionarios del régimen creen que hay una situación adversa que va a mejorar. Con optimismo, para ellos significa un reto y dicen que pueden con él. En contraste, hay quienes consideramos que probablemente nos encaminamos a una época de oscuridad. No soy pesimista. Pero no puedo dejar de decir lo que, como sociólogo, advierto en el panorama.
Hay un ciclo de cien años que vamos a cumplir en 2010, cuando festejemos la Independencia nacional y la Revolución Mexicana. Ambos sucesos hicieron mudar radicalmente el camino. ¿Qué nos puede pasar ahora? En los últimos tres decenios hemos venido de crisis en crisis: la de 1982, la de 1994 y, actualmente, la de 2009. Esta última, que remata en recesión, se ha visto agravada por la crisis global y por los efectos económicos que trajo la epidemia de influenza. El país luce desbaratado.
Una digresión sobre las epidemias permite anotar que se trata de fenómenos sociales muy importantes, porque producen miedo y decaimiento del ánimo; en una situación de crisis, contribuyen a que la sociedad quede indefensa para que se le impongan cambios que no son deseables. Las epidemias, en ocasiones, están asociadas con el inicio de procesos históricos de larga duración. Nuestra epidemia, la de inicios del siglo XXI, deja una enorme cauda de efectos directos y colaterales, que alertan a la sociedad ante un riesgo mayor. En estos días, en que todos sentimos que algo anda mal, en que ha habido estrategias políticas de manejo emocional, uno se pregunta si las instituciones que la resguardan están preparadas para contingencias graves y si existen fuerzas políticas que impidan que el país siga desbaratándose.
La cadena de hechos problemáticos que se ha ido formando, ha sido correlativa con la continuidad de políticas que, por inapropiadas, han favorecido dejarnos mal donde estamos. Hoy se aprecian agotadas e incapaces de resolver la gran complejidad en la que nos encontramos: caos económico-financiero, desempleo, altos niveles de pobreza extrema, pérdida de competitividad, caída de los precios del crudo, finanzas públicas maltrechas en 2010, menos remesas y turismo, una destrucción ecológica en el país que no tiene medida, calentamiento global, carencia de recursos para la ciencia, falta de agua, problemas alimenticios, de acceso a medicinas y de atención médica, expulsión de nuestros jóvenes a EU, porque aquí ni estudian ni trabajan, anomia social, descrédito del régimen democrático de partidos, violencia e inseguridad por el narcotráfico y un gobierno que no acierta a gobernar a la altura de los tiempos, entre otros. Lo trascendente es la confluencia de todos estos puntos críticos aquí y ahora. En su interacción nos acercan a una mayor fragmentación social. A que en nuestro país cobre auge lo que Naomi Klein llama el capitalismo del desastre, que aparece cuando las políticas contienen una buena dosis de coerción que debilitan el cuerpo político y a la sociedad en su conjunto. Que llevan a un shock que ablanda y somete para aceptar como única salida una mayor mercantilización de la vida social, con todos sus efectos negativos ya probados.
Situados en esta perspectiva, que afecta al sistema educativo, en las universidades públicas estamos preocupados por nuestras instituciones. Porque desde los años ochenta del siglo pasado el gobierno comenzó a debilitarlas. Fue cuando comenzaron a instrumentarse políticas que desinstitucionalizaron a las universidades públicas y alteraron su identidad. Desde entonces las universidades pasaron del ejercicio de una autonomía amplia a una autonomía restringida. Adquirieron una práctica de conducción rectoral para facilitar el logro de los objetivos y metas gubernamentales. Perdieron su significado social como instrumento de progreso a medida que las acercaron al mercado.
Ahora, la confluencia de factores que erosionan el tejido social, lo delicado de la situación nacional, demanda recuperar el significado con una mayor presencia de nuestras casas de estudio en la sociedad y fortalecer la investigación orientada a preguntas que nos sean pertinentes. El momento puede aprovecharse para crear conciencia en las comunidades universitarias de cómo se encuentra la universidad ante sí misma y ante la sociedad, para cambiar religando el interés común que nos une a los universitarios y refrendando nuestro compromiso con México.
Para coadyuvar a salir de la crisis, las universidades requieren volver a discutir sus prioridades académicas, equiparse para abrirse más a su entorno, asociarse en proyectos comunes, impulsar a la sociedad civil, ampliar el espacio de lo público. Reconstruirse, para lo cual será clave transferir conocimiento, manejar información y establecer una amplia acción comunicativa entre los universitarios y con la sociedad. Porque la universidad será indispensable para que en México se rompan los círculos perversos y la desigualdad social, que es el mayor problema que afronta la sociedad mundial. Somos los profesores e investigadores quienes tenemos el desafío de mejorar nuestras universidades y la responsabilidad de cuidarlas.

* Seminario de Educación Superior, IIS. Profesor de la FCPS, UNAM.

miércoles, 20 de mayo de 2009

¿Cuál genoma mexicano?

Martín Bonfil Olivera
Milenio/20 de mayo de 2009

Con bombo y platillo se presentó el 12 de mayo el “genoma del mexicano”.
Pero según el Instituto Nacional de Medicina Genómica (Inmegen), lo que se presentó fue el “mapa del genoma de los mexicanos”. La distinción importa porque no hay un genoma único que compartamos todos los mexicanos. Cada ser humano tiene su propia combinación de genes. Y aunque la variación entre individuos es mínima (0.5 por ciento), es lo que nos hace únicos.
Los medios dieron también la impresión errónea de que se leyó letra por letra la información del “genoma mexicano”.
En realidad, el estudio “Análisis de la diversidad genómica en poblaciones mestizas mexicanas” fue mucho más modesto. Examinó diferencias en pequeños marcadores genéticos entre 300 individuos de siete grupos: seis de mestizos y uno de zapotecos.
Es una versión pequeña del llamado “HapMap”, o “mapa de haplotipos”: estudio de marcadores genéticos en distintos grupos poblacionales del mundo. Servirá para relacionar la variabilidad genética con la susceptibilidad de las poblaciones a enfermedades (de ahí lo de “medicina genómica”).
El Inmegen concluye que valdría la pena realizar un mapa de haplotipos de la población mexicana. El estudio es el borrador de un borrador que permitiría comenzar a desarrollar la medicina genómica en México.
Pero leyendo las declaraciones de Felipe Calderón (“Entramos a la medicina del tercer milenio”, etc.), parecería que ya estamos en el primer mundo.
La realidad es distinta: al Inmegen le falta apoyo. Opera en instalaciones inapropiadas —un edificio de oficinas donde no se puede trabajar con radiactividad ni microorganismos— y la cons-trucción de su edificio definitivo está plagada de irregularidades. Tuvo hasta recientemente una rígida estructura jerárquica en que sólo su director podía tomar decisiones.
Y la situación es general: el Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos, fundamental en la epidemia de influenza, es “obsoleto e inseguro”, reportó ayer MILENIO. Como publicó en primera plana El Universal, “México paga su abandono a la ciencia”.
Ante las carencias del sistema de investigación en salud, simular que México es una potencia científica suena deshonesto.
lacienciaporgusto.blogspot.com
mbonfil@servidor.unam.mx

martes, 19 de mayo de 2009

País sin ciencia o sin conciencia

Axel Didriksson
Excélsior/19 de mayo de 2009

Con la frondosa evidencia del subdesarrollo político, educativo y cultural que se vive, los temas de fondo de la agenda nacional se disuelven en los enredos que se publican y se hacen del dominio público sobre la vida truculenta de las mafias que dominan el aparato gubernamental federal y la violencia, entre los dimes y diretes para hacer manifiestas las profundidades del lodazal y la podredumbre de su estilo de vida. ¿Por qué será?
En el momento en que las elecciones intermedias se están llevando a cabo (las mismas que definirán las nacionales de 2012), vale la pena insistir, como martillito, en lo importante. Y lo importante nos parece es que no están presentes el compromiso, la definición de recursos y las políticas para mejorar de forma sustancial la relación entre la ciencia, la educación y las universidades frente a los actuales problemas de la sociedad en riesgo en la que nos encontramos. La epidemia del virus de influenza A es una muestra instantánea de ello, pero sólo eso, una sola muestra, dramática por cierto.
En un desplegado reciente de la Academia Mexicana de la Ciencia (AMC) se señala que la crisis epidémica que estamos enfrentando revela “la dependencia científica de México ante el extranjero y la falta de confianza que los gobiernos federal y locales han tenido hacia la ciencia”. Señalan, también, la carencia de una política de Estado en materia científica, así como de recursos económicos para desarrollar las tareas de investigación y desarrollo (actualmente, éstos sólo llegan a 0.33% del PIB), a lo que debe de agregarse la evidente falta de políticas educativas y culturales adecuadas. Quienes ejercen el poder legítimo del Estado demuestran día a día, no sólo sentirse muy a gusto con su incultura, sino también que el tema de la ciencia y de la educación no les da ni les interesa.
Los indicadores son muy conocidos. La población escolar en educación superior apenas llega a 20% del grupo de edad correspondiente, el número de investigadores y de recursos para la ciencia es de los más bajos del mundo, las patentes son en su mayoría propiedad de extranjeros, la producción científica apenas abarca 1% de los artículos que se conocen y a las universidades se les obliga a una negociación anual infame para obtener alguna mejora en sus recursos financieros. Los responsables de formular y poner en marcha las políticas para la ciencia y la tecnología no tienen autoridad ante los investigadores ni frente a las instituciones académicas y padecemos retrasos escalofriantes en las definiciones del qué hacer y sobre el cómo mejorar el panorama de la educación y de la ciencia en el país.
Los candidatos que se presentan en estas elecciones intermedias tampoco parecen estar muy bien preparados en estos temas fundamentales para el país. En ninguna de las plataformas políticas de los principales partidos aparece el tema de la ciencia y de la educación con algún sentido de pertinencia y de coherencia. En algunos casos los discursos tocan el asunto de forma aislada e inesperada. Ya veremos y comprobaremos, en el curso de las actuales campañas, el manejo de estos temas. No esperamos mucho tampoco.
Por lo pronto, la falta de investigación y desarrollo, de una ciencia pujante que presente alternativas ante las crisis cíclicas que tenemos que afrontar ahora y las que vendrán, se muestra de manera crítica. Todo se nos revuelve, particularmente con efectos en el estómago.
El número de investigadores y de recursos es de los más bajos del mundo, las patentes son, en su mayoría, de extranjeros
didrik@servidor.unam.mx

lunes, 18 de mayo de 2009

UNISON y la trampa neoliberal

Leopoldo Santos Ramírez

En el fondo, la huelga del STEUS está expresando la enorme necesidad de la clase trabajadora por nivelar sus ingresos en una situación de recesión económica en la que la vida se encarece. De ninguna manera buscan privilegios como la prensa de derecha lo proclama, y si el resto de la clase obrera sonorense no se está movilizando en el mismo sentido-salvo los mineros de Cananea- se debe a que sus organizaciones los maniatan o permanecen prisioneros de la ideología neoliberal. De otra forma no pueden explicarse los despidos de empleados sin respetar mínimamente los términos de una indemnización conforme a la ley, y que los sindicatos oficialistas respondan con el mismo nivel de animación que las momias de Yécora. En la superficie del conflicto de la UNISON vemos a una líder de no muy buena reputación, si se le ve desde la izquierda social, y a una base de obreros resistiendo la embestida mediática y empujando a su líder a sostener sus demandas, causa a la que ella ha respondido hasta ahora.

De la otra parte vemos al rector de la UNISON, reacio a hacer concesiones, tratando de hacer recaer la responsabilidad de la paralización de la universidad en los trabajadores, y con alto riesgo, intentando utilizar a los estudiantes como medida de presión para romper la huelga. En medio de ellos está el gobierno que intenta disfrazarse de Poncio Pilatos sin que su vestimenta de procurador romano engañe a nadie. Pero la huelga del STEUS como la punta del iceberg señala apenas una parte de la trampa neoliberal en la que fue cayendo la UNISON y que al principio se expresó en dos actores locales; por una parte Manlio Fabio Beltrones entonces gobernador, y Jorge Luis Ibarra, rector en ese mismo tiempo. Dado que fue muy fuerte la resistencia de los universitarios a privatizar las universidades del país, en Sonora Manlio Fabio impulsó una reforma universitaria a través de la Ley 4, copia de otras, que por mucho tiempo obstaculizó la organización de maestros y alumnos, e implantó una forma de organización vertical que maniató los impulsos rebeldes, pero también los más creativos de los universitarios. Los sindicatos de maestros y administrativos,- rara división pues ambos son trabajadores- fueron cooptados o domesticados mediante canonjías que la rectoría repartió con tal de no enfrentar movimientos de inconformidad, pero al mismo tiempo, si bien las condiciones de trabajo y las percepciones económicas para ambos sectores de trabajadores se deterioraban, las de los empleados administrativos disminuyeron en proporción mucho mayor, lo que se expresa en el monto de la despensa que tienen los empleados de confianza y los docentes, con respecto a los administrativos, 50% de diferencia. Éste es el rubro al que Pedro Ortega se niega a aumentarle. Al mismo tiempo, las percepciones de la alta burocracia se dispararon en estos años y se creó una elite universitaria cara y poco creativa que se ha encargado de multiplicar las regulaciones y procedimientos que amarran a la universidad y la mantienen bajo control. Conversando con los trabajadores se percibe su enojo por la desigualdad con la que han sido tratados en estos años, desigualdad que permea a todas las capas de trabajadores sean de la industria, del campo o de la educación. Dentro de la academia se han levantado algunas voces reclamando a las dos partes que vuelvan a la cordura, pero al no plantear los problemas de fondo de la universidad, se quedan en simples desgarradura de vestimenta que poco abonan para un debate universitario.¿Cuáles son esos problemas?, en efecto lo del presupuesto, pero la solución no es privatizar los recursos y servicios de la UNISON que son patrimonio de todos. Es imprescindible dar un viraje y utilizar los recursos humanos y materiales de la UNISON a favor de los intereses de la sociedad sonorense y de sus jóvenes. Para enfrentar la recesión económica, hoy la universidad puede hacer grandes aportaciones y nada de eso se ve que se esté discutiendo. Se han desaprovechado 30 valioso días sin que nadie sea capaz de llamar a un foro universitario para discutir cuestiones esenciales, he allí una falla profunda. De inmediato es impostergable que los universitarios mismos rodeen a la huelga de solidaridad en función de la razón que le asiste, y que la misma sociedad se haga conciente y responsable del futuro de su máxima casa de estudios.

Galileo y los inquisidores

Heriberta Castaños y Cinna Lomnitz
Revista Nexos/No. 377, mayo de 2009

La ciencia siempre avanza, aunque a veces a tropezones, y cada avance tiene su historia. El gran Galileo Galilei nació en Pisa en 1564, hijo del docto teórico musical Vicente Galileo. Fue contemporáneo de Shakespeare, de Lope de Vega, de Francis Bacon y de Urbano VIII, papa destinado a desempeñar un papel importante en su vida. Ya habían pasado 21 años desde la muerte de Nicolás Copérnico y faltaban otros 80 para que naciera Isaac Newton.

Podría decirse que Galileo era un estuche de monerías. Tocaba el laúd, cantaba con voz meliflua, era matemático, hablaba y escribía elocuentemente en latín y en italiano. Era un personaje multifacético, emblemático del Renacimiento. Newton y Einstein lo consideraban el padre de la física. Es verdad que tenía un genio de los mil diablos y era necio como macho viejo, pero también es cierto que lo provocaban. Y como dice Sigüenza y Góngora, citando a san Jerónimo: “Si en mi defensa escribo es culpa de quien me provoca, no mía, que yo estoy obligado a responder”.

A la edad de 46 años Galileo había construido un telescopio bastante malo (como dice Feyerabend), pero mejorado a base de un diseño holandés. Con este modesto aparato reportó haber descubierto las cuatro lunas de Júpiter y las fases de Venus, un logro sorprendente que le permitió declarar que Aristóteles estaba equivocado y que el Sol y no la Tierra era el centro del sistema planetario. Viajó a Roma con su telescopio para convencer a los jesuitas que Copérnico tenía razón y logró que algunos jesuitas confirmaran independientemente sus observaciones, de modo que Galileo fue nombrado miembro de la Academia de los Linces. Pero otros sólo vieron unas imágenes borrosas y se convirtieron en sus enemigos. Cinco años más tarde, el cardenal Bellarmine dictaminó que no había pruebas concluyentes de la teoría de Copérnico y le pidió aceptar que sólo se trataba de una hipótesis; y Galileo aceptó.

Ahora bien, Galileo no era el autor de la teoría heliocéntrica, que ya había sido enunciada por filósofos paganos muy antiguos. Sus observaciones, según él, apoyaban esta teoría y nada más. Sin embargo, Galileo era muy dado a la polémica y se involucró en una discusión con los jesuitas que poco tenía que ver con el heliocentrismo pero que le reportó enemistades a granel. En 1630, a la edad de 66 años, decidió emprender otro viaje a Roma para visitar a su amigo el cardenal Mateo Barberini quien lo había apoyado en su controversia contra los jesuitas y que entre tanto había sido elegido papa bajo el nombre de Urbano VIII. Los Barberini eran de origen florentino y eran muy influyentes y muy políticos. Al escuchar sus cuitas, el papa le recomendó a Galileo que escribiera un libro equilibrado, o sea, que no atacara ni defendiera ninguna de las dos posiciones acerca de cuál astro se movía en torno a cuál. Era un consejo sensato. El papa Urbano era un buen amigo y además tenía sus razones para no enemistarse con la Santa Inquisición.

El Diálogo sobre los dos sistemas del mundo salió publicado en 1632 con la venia de la Inquisición y con la bendición papal, en el supuesto que se trataba de una discusión equilibrada. Sin embargo, Galileo se había excedido y había echado en saco roto las recomendaciones de su amigo Urbano. El libro era sarcástico y, para colmo, ahí figuraba un personaje imaginario llamado Simplicio que ponía en ridículo al papa. Evidentemente, no era el texto ecuánime y equilibrado que la Inquisición tenía en mente. A Galileo le sorprendió la reacción adversa a su obra y el que el papa la tomara a mal; pero el daño estaba hecho. Al año siguiente de la publicación del Diálogo fue citado a comparecer ante el Santo Oficio y fue hallado culpable de afirmar que era lícito sostener opiniones que habían sido declaradas contrarias a las Escrituras. Galileo fue declarado “vehementemente sospechoso de herejía” y se le condenó a abjurar de sus opiniones y a permanecer recluido en su domicilio por el resto de su vida. Estaba a punto de cumplir 70 años.

Todo el mundo sabía que Galileo era católico devoto; no era clérigo ni tenía pretensiones de teólogo. Sus escritos no atentaban contra las Escrituras sino que proponían una interpretación diferente de las mismas. Pero esto bastó para condenarlo. La posición de la Iglesia ha ido cambiando paulatinamente con el progreso de las ciencias. León XIII declaró que no puede haber contradicción entre la ciencia y la fe (Providentissimus Deus, 1893). Hoy se reconoce que la Biblia no es un manual de química o de astronomía, y se acepta que los autores inspirados se expresaban en el idioma y con las ideas de la época en que fue escrita. En 1992 Juan Pablo II concedió que los teólogos habían manejado mal el affaire Galileo, y que su error consistió en “suponer que nuestra comprensión de la estructura del mundo físico estuviera condicionada de alguna manera por el sentido literal de las Sagradas Escrituras”.

Contra el método

Cualquier mexicano estará de acuerdo en admitir que Galileo era poco hábil como político y quizá un tanto imprudente. Sus amigos habían intentado en vano disuadirlo de la idea de torear a la Inquisición en este asunto. Pero el filósofo de la ciencia Paul Feyerabend (1924-1994) fue mucho más lejos. Revisó el affaire Galileo, estudió las actas del proceso y llegó a la siguiente conclusión un tanto alarmante:

La Iglesia fue mucho más razonable que el propio Galileo y tomó en cuenta las consecuencias éticas y sociales de su doctrina. El veredicto contra Galileo fue racional y justo, de tal modo que una posición revisionista sólo podría justificarse a estas alturas por razones de oportunismo político.

Acto seguido, Feyerabend procedió a poner el asunto de cabeza, justificando la forma irracional de proceder de Galileo. Admiraba a Galileo por tramposo: no pudo haber visto los satélites de Júpiter con un telescopio que no servía ni para ver bien la Luna. Según Feyerabend, Galileo hizo bien porque “en ciencia todo se vale”. La falta de racionalidad es la única manera de progresar en la ciencia. El problema de los científicos es que somos timoratos y solitos nos ponemos obstáculos y cortapisas, tales como el famoso método científico. Contra el método, publicado por Feyerabend en 1975, señala que “no existe ni puede existir teoría alguna que explique todos los datos”. Por eso el método científico no sirve: si Galileo lo hubiera utilizado, habría fracasado.

Las ideas críticas de Feyerabend tuvieron una gran influencia sobre la ciencia moderna. Hoy se reconoce que para avanzar es necesario innovar, es decir, abandonar las teorías caducas para implantar ideas nuevas. Pero Kuhn y otros filósofos de la ciencia afirmaban que las teorías nuevas, para ser válidas, deben ser consistentes con las teorías vigentes. Eso no tiene lógica, dice Feyerabend, porque le otorga una ventaja indebida e irracional a lo caduco. Si tenemos dos nuevas teorías y queremos saber cuál de las dos nos conviene adoptar, tendríamos que favorecer la que fuera más compatible con el armazón teórico existente. Pero ¿acaso es ésa la mejor elección? Obviamente, la validez de algo nuevo no tiene nada que ver con el grado de parecido que tenga con las ideas caducas. Para adoptar una nueva teoría hay que deshacerse de todos los prejuicios, no otorgarles una preeminencia indebida.

Inquisidores de ayer y de hoy

Carlos de Sigüenza fue contemporáneo de Newton y también de sor Juana. México tuvo científicos y creadores eminentes, de nivel mundial, cuando era una provincia remotísima del imperio español. Hoy estamos divididos en dos sistemas, los investigadores que se someten a evaluaciones periódicas por pares y los creadores que disfrutan de un régimen mucho más relajado. En cuanto a resultados, la evidencia es contrastante. Los creadores aventajan a los investigadores en resonancia nacional e internacional.

Sigüenza nunca tuvo que enfrentarse a una comisión dictaminadora. Sus escritos no pasaban por un sistema de arbitraje a cargo de sus pares. Poco a poco, a medida que nos fuimos integrando a la comunidad científica internacional adoptando sus usos y costumbres, dejamos de ser innovadores. ¿No deberíamos poner menos obstáculos a la creatividad?

Se ha dicho en broma que Einstein no reunía las calificaciones mínimas para ingresar a nuestro Sistema Nacional de Investigadores. En 1905, cuando se publicó su artículo sobre la teoría de la relatividad, Einstein no estaba adscrito a ninguna institución académica reconocida. No tenía publicaciones. No tenía trayectoria. Con tales antecedentes, muchos postulantes mexicanos son eliminados por el SNI. ¿Y si entre ellos apareciera un genio?

La calificación que emite el SNI se basa, principalmente, en el número de artículos publicados en revistas arbitradas. Las universidades suelen imitar al SNI para evaluar a su personal académico. Pero los arbitrajes de las revistas se encuentran a cargo de “pares” seleccionados por un editor, inquisidores sin rostro que se esconden tras el anonimato. Con frecuencia estos colegas invisibles son competidores nuestros y sus opiniones no pueden ser calificadas de imparciales. El veredicto final sobre un trabajo científico se basa en varios arbitrajes y tarda meses en llegar. Un rechazo prácticamente equivale a la prohibición de publicar, en especial cuando se trata de contribuciones innovadoras.

¿Por qué nos sometemos a estas calificaciones provenientes de colegas de otros países donde no se nos conoce y en un idioma que no dominamos a fondo? ¿No sería posible que el trato que nos dan estos “pares” anónimos no fuera el mismo que suelen otorgar a sus propios connacionales? Si ello fuera cierto, ¿qué Chapulín Colorado nos va a proteger? Se sabe que en otros países abundan los críticos del sistema de arbitraje por pares. Es una institución que se tolera por la excesiva carga de trabajo de los editores, su dominio limitado de todas las áreas científicas o simplemente porque dos opiniones valen más que una.

En resumen, no puede hablarse de una relación entre pares cuando el equilibrio de poder entre juzgados y juzgadores es tan desigual, independientemente de la nacionalidad, categoría científica o calidad humana de los juzgadores. Según Feyerabend, hay motivos para desconfiar de un árbitro cuando éste nos juzga según criterios de racionalismo crítico o de empirismo lógico: basando sus juicios en mediciones supuestamente “precisas” del rendimiento, por ejemplo. Poco nos dice Feyerabend de las instituciones que implementan tales criterios, como las revistas, las academias, las asociaciones que organizan congresos o el Conacyt. Existen los estatutos del personal académico, los reglamentos del Sistema Nacional de Investigadores, los instructivos para designar a los miembros de los comités, etcétera. El filósofo austríaco predecía que el conocimiento a duras penas iba a poder sobrevivir en un medio tan burocrático y difícil. Y agregó que “las ideas que hoy forman la base de la ciencia existen gracias a que alguna vez hubo prejuicios, arrebatos y pasiones. Aun oponiéndose a la razón, en su momento fueron admitidas y se les permitió triunfar”.

En México, el Santo Oficio dependía del rey de España, no del Vaticano. Fue establecido cuando Galileo tenía apenas siete años de edad, y funcionó sin interrupción hasta 1820. Fue más riguroso y cruel que el tribunal que enfrentó Galileo: éste siquiera fue leído y escuchado. Ser académico en México implica enfrentar un fuego cruzado de inquisidores impersonales que nos presumen culpables antes de conocernos, y que nos califican sin molestarse en leer lo que escribimos.

Acaso no habría que equiparar la Inquisición con nuestros organismos de evaluación, aunque su insaciable apetito de constancias puede verse como una forma de tortura. Dudamos de la efectividad de estas evaluaciones. Por supuesto que no todo lo pasado fue mejor. Carlos de Sigüenza tuvo problemas con sus colegas, como los tuvo Galileo. Pero en el Siglo de Oro las controversias se dirimían en público, abiertamente. Se valía esgrimir escritos polémicos y hasta ataques personales. Sigüenza se defendía de las doctas agresiones del padre Kino reprochándole su origen alemán. En la ciencia, todo se valía:

Hallándome en mi patria, con los créditos que me ha granjeado mi estudio con salario del Rey nuestro Señor por ser su catedrático de matemáticas de la Universidad Mexicana, no quiero que en algún tiempo se piense que el Reverendo Padre vino desde su provincia de Baviera a corregirme la plana (Libra astronómica y philosóphica en que... examina... lo que opuso… el R.P. Eusebio Francisco Kino,1691).

Heriberta Castaños. Miembro del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Entre sus libros: La Torre y la Calle. Vinculación de la universidad con la industria y el Estado.
Cinna Lomnitz. Sismólogo. Investigador emérito del Instituto de Geofísica de la UNAM. Autor de Los temblores.

Jaime Torres Bodet para panistas

René Avilés Fabila
Excélsior/17 de mayo de 2009
El pasado 13 de mayo se cumplieron 35 años de la muerte de Jaime Torres Bodet. Como ya es natural, desde que llegaron los panistas al poder, la fecha pasó totalmente inadvertida. Se impuso el silencio de la burocracia cultural y la Presidencia de la República. Hace unos meses, Felipe Calderón tuvo la ocurrencia de citarlo como a un gran mexicano, que lo era. El problema es que el Presidente ignora su biografía, tiene una vaga idea sobre la enorme personalidad y amplia obra literaria, educativa y política de Torres Bodet. De esta manera, ante intelectuales y medios, dijo que había sido “secretario de seguridad pública” (sic y sic).
A los panistas no se les da la cultura. Fox y su esposa nos entregaron innumerables páginas de humor involuntario con sus repetidos errores en tal sentido. Siempre me he preguntado, ¿quiénes son los cultos de ese partido, por cierto, fundado por Gómez Morín, uno de los intelectuales del grupo Los siete sabios, donde brillaba Vicente Lombardo Toledano? No los veo. Rechazan el arte, eso es definitivo.
Volvamos a Jaime Torres Bodet. Me limitaré a unos cuantos datos. Nació en la Ciudad de México en 1902. En 1921, ya era escritor, académico y secretario particular de José Vasconcelos, entonces rector de la Universidad Nacional. Fue parte del luminoso grupo Contemporáneos, donde militaron escritores como Salvador Novo, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Jorge Cuesta, Elías Nandino, Gilberto Owen y Xavier Villaurrutia. Esta generación, audaz y poco convencional, se atrevió a dar zancadas para alejarse del cerco nacionalista que asfixiaba a las artes.
Torres Bodet no dejó de cultivar ningún género literario y escribió brillantemente poesía, ensayo, cuento y novela. Sus discursos fueron afamados por la belleza, inteligencia y cultura de cada párrafo. Sobresalen libros como El escritor en su libertad, Tres inventores de la realidad, Patria y cultura, Margarita de niebla, La educación sentimental, Fervor, El corazón delirante y Trébol de cuatro hojas. Sus tomos autobiográficos son espléndidos trozos de la historia de México y su vida intelectual. Fue miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua y obtuvo, entre muchos reconocimientos, el Premio Nacional de Letras en 1966. Creó los locales del Museo de Antropología y de Arte Moderno.
Esto quizá no importe a políticos y funcionarios panistas tan poco afectos a la cultura. Pero algo debió decirle a Felipe Calderón el nombre de Jaime Torres Bodet, si lo citó (equivocadamente) para hacerse pasar ante la nación como un hombre de lecturas. Lo imperdonable es que no sólo se refería a un enorme literato sino también a un altísimo funcionario de talla internacional. Pellicer lo embromó: “Jaime, te retiraste a la vida pública.” Torres Bodet fue dos veces secretario de Educación Pública, con Manuel Ávila Camacho y Adolfo López Mateos, y una de Relaciones Exteriores en el gabinete de Miguel Alemán, representante constitutivo de México en la OEA, director general de la UNESCO y embajador en Francia. ¿Debo seguir la lista?
Hay algo aún más destacado de este mexicano notable, cuya muerte pasó inadvertida para la SEP y el Conaculta: como titular de Educación Pública del gobierno de López Mateos, creó el Libro de Texto Gratuito. Para llevar a cabo tal hazaña formó una comisión de distinguidos maestros y al frente puso al magnífico novelista Martín Luis Guzmán. En el PAN tampoco saben quién fue éste, pero eso queda para otro artículo.
Los panistas combatieron ferozmente al Texto Gratuito, lo calumniaron y acusaron de ser pro comunista. La derecha gritaba que atentaba contra la libertad. Pero la idea era aguda y luminosa: si la Constitución dice que la educación debe ser gratuita, faltaba darle a los niños las herramientas fundamentales: los libros. Hoy es uno de los lujos del PAN hecho gobierno. Las hazañas culturales de Torres Bodet son tan impresionantes como sus logros en tanto funcionario. Su nombre iluminaba al gobierno de López Mateos. ¿Podríamos decir algo semejante de los dos más recientes mandatarios? ¿Uno de los suyos valió la pena? Reyes Tamez, Vázquez Mota y Alonso Lujambio no son José Vasconcelos, Agustín Yáñez ni Jaime Torres Bodet, pero algo deberían saber sobre letras y educación y entonces orientar a Felipe Calderón para que no meta la pata. Vergüenza ajena cuando Vázquez Mota confundió el título de una novela de Carlos Fuentes o cuando Fox fue incapaz de pronunciar el nombre del muy afamado Jorge Luis Borges. Temo que seguiremos con este tipo de ridículos y descuidos. Si es cierto que las autoridades actuales buscan publicidad festejando a dos o tres figuras, las mismas de siempre, también lo es que vagan sin rumbo. Ni siquiera intentan crear un inteligente proyecto de política cultural. Siguen el viejo esquema de poner a amigos en ciertos cargos y listo. ¿Y el cambio prometido? Pobre país: tan lejos de Dios y en manos del PAN.
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