domingo, 25 de enero de 2009

De los derechos humanos en 2009

Carlos Monsiváis
El Universal/25 de enero de 2009


La llegada de Barack Obama a la Presidencia de Estados Unidos ha provocado la apoteosis de la esperanza, tanto más encendida cuanto que se le compara con el perfecto horror que fueron los años de George W. Bush.
En su discurso, Obama fue enfático: “Somos los defensores de este legado (la democracia estadounidense); guiados por estos principios podemos encarar esas amenazas que requieren un mayor esfuerzo, más cooperación y entendimiento entre las naciones; comenzaremos de manera responsable dejando a Irak en manos de su pueblo y para consolidar la paz en Afganistán con viejos amigos y enemigos, trabajaremos incansablemente para reducir la amenaza nuclear y el fantasma de un planeta en calentamiento”.
En primera y última instancia, Obama se refiere a los derechos humanos, tan violados en Guantánamo y Abu Ghraib, o muy recientemente en Gaza. Lo de Irak, además de los crímenes de guerra evidentes, ha sido una operación regida por los procesos deshumanizadores. Si se revisan las movilizaciones recientes de protesta y reivindicación en cada país y en escala internacional, se verá la presencia de ese concepto, esa práctica, ese dato ya imprescindible en la conciencia: los derechos humanos.

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En unos cuantos años, se agrega a México el término derechos humanos (una interminable movilización, un patrimonio moral y político, un instrumento de uso jurídico y burocrático). Nada distinto a lo de casi todos los países, en muchos de los cuales resultan el dique básico contra la impunidad. En estas décadas, ningún otro asunto expresa con tal claridad el desarrollo de la conciencia social y de la ética colectiva y personal e, incluso, el desarrollo y las limitaciones de las fuerzas políticas, los movimientos sociales, las reclamaciones familiares y personales.
Donde la barbarie lleva de nuevo al humanismo
En 1945, el fin de la Segunda Guerra Mundial libera un caudal informativo sobre el nazifascismo. Las informaciones sobre los campos de concentración (Auschwitz, Treblinka) se vuelven certezas trágicas que se van ampliando. En momentos especiales no hay límites tanto en la transformación del ser humano en verdugo, como en el poder de resistencia de la víctima que lo transforma en símbolo moral.
A la matanza de millones de personas por motivos de raza, filiación política, conducta “ilegítima” (orientación sexual) o fuerza de trabajo, se añaden las catástrofes de Hiroshima y Nagasaki y las revelaciones sobre los inmensos daños de la contaminación radioactiva. Para entonces resultan tan incontrovertibles como inaudibles los alegatos de los pacifistas luego de la Primera Guerra Mundial: las guerras son inútiles y abominables y siempre las aprovecha una minoría rapaz que detesta el pacifismo por ser tan poco rentable. La Segunda Guerra Mundial se explica y se legitima por la urgencia de contener al nazismo y al fascismo, pero la tecnología de guerra, la bomba atómica y el altísimo costo en vidas le ponen cerco al patriotismo, difundido como la voluntad de dar la vida por la patria tal y como la representa el grupo gobernante. Si la guerra contra el nazifascismo es justa, no consigue eliminar las dudas sobre la naturaleza inevitable de los esfuerzos bélicos.
¿Qué guerras son necesarias? Se requiere detener a Hitler y el Holocausto, se exige justicia para los millones de seres liquidados por el nazifascismo, ¿pero qué justicia hay para los destruidos en el holocausto atómico en Japón? ¿Y por qué durante largo tiempo nada se dice de las veintenas que a causa de su “anormalidad” son también exterminados en los campos de concentración: los comunistas, los gitanos, los homosexuales? Y se establecen dos vertientes de conflictos éticos y morales.
La primera surge de lo inconcebible de la Segunda Guerra, que obliga a numerosos intelectuales y literatos, en especial de origen judío, a reflexionar sobre la deshumanización: ¿dónde se origina la pérdida de la sensibilidad moral? ¿Se vive en las sociedades la muerte de Dios o la muerte del espíritu ético? ¿Cómo es posible que, por ejemplo, Mengele y Eichmann, buenos católicos, amorosos padres de familia, sean tan eficaces instrumentos de la barbarie? ¿Por qué motivos, en el centro de “la civilización occidental”, se aniquila a millones de personas?
La segunda versión es la pacifista, a la que intenta manipular el aparato de propaganda soviética, y cuyo vigor genuino se desprende de las grandes interrogantes: ¿cómo es posible que mueran tantos a causa de guerras provocadas por la lucha por el poder y el control de los recursos naturales?

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