viernes, 29 de mayo de 2009

Nuevas universidades

José Sarukhán
El Universal/29 de mayo de 2009

En mi entrega anterior, mencionaba que la presión por espacios en la educación media superior y superior sólo será atendida adecuada y honestamente por medio de la apertura de nuevas instituciones o el crecimiento de algunas ya existentes, que pueden hacerlo sin costos de gobernabilidad o de calidad académica.
El primer requisito para ello, desde luego, es tener una fuente de abastecimiento de planta académica bien preparada, para equipar humanamente a esas nuevas instituciones. Este es un requisito sine qua non. Las fallas y deficiencias en este rubro son muy costosas; las pagan primero los alumnos que reciben preparación deficiente; las paga la sociedad al recibir profesionistas medianamente (o peor que medianamente) preparados y, de entrada, representan un desperdicio de los escasos recursos dedicados al apoyo a la educación media superior y superior. Uso la palabra escasos para resaltar la diferencia entre lo que se invierte (que no es poco) y lo que se debería invertir en educación en estos niveles.
El otro aspecto que tocaba en mi anterior artículo hacía referencia al impulso que se debería dar a las áreas tecnológicas y a las ingenierías; pero, de nueva cuenta, la calidad de la planta académica es el factor número uno, si queremos hacer un cambio real en la preparación de muchos jóvenes que no encuentran espacio en las universidades actualmente.
Las nuevas “universidades tecnológicas” que se han abierto en buen número en el país en los últimos años son un ejemplo de una buena idea llevada a cabo con limitaciones académicas, que impactan en la formación de quienes estudian en esas instituciones.
Desde luego, una de las limitaciones más serias que son externas al sistema educativo es la inexistencia de una política de desarrollo industrial nacional. ¿En qué áreas (dos, tres o cuatro, no pueden ser más) de producción quiere México realmente no sólo sobresalir, sino ser un líder?
Definir esto, que parece de elemental sentido común, permitiría alinear una buena parte del sistema de educación media superior, para ofrecer a los jóvenes un entrenamiento que les aumentaría la probabilidad de ser contratados en el sector productivo e iniciar una carrera de desarrollo profesional en el desempeño de su trabajo, por medio de educación continuada, ofrecida en conjunto con la industria.
La definición de una política de desarrollo industrial tiene otro resultado potencial de suma importancia: la real vinculación de una parte de la actividad científica y tecnológica a las prioridades definidas.
La falta de esa política ha sido uno de los principales factores que ha limitado e incluso impedido una interacción efectiva y creciente entre las instituciones de investigación y la industria, particularmente la industria no transnacional. Acciones de este tipo son las que en la jerga industrial merecen el nombre de acciones de “ganar-ganar”. Solamente que en este caso el ganador más importante, aparte de los egresados y la industria, es el país.
Si esas nuevas instituciones de educación superior no están basadas en investigación y las ya existentes no reciben un mayor apoyo, no necesariamente sólo de recursos, sino más bien de visión de largo plazo en su importancia para el desarrollo del país, simplemente nos estaremos llenando de edificios con nombres de universidades, ocupados por una planta académica que pretende formar a los estudiantes y unos estudiantes que pretenden salir formados de esa institución.
jose.sarukhan@hotmail.com
Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM

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