jueves, 12 de marzo de 2009

La bella, la secuestradora y el visitante

Humberto Musacchio
Excélsior/12 de marzo de 2009

La visita de Nicolas Sarkozy ha dejado varias lecciones. Una, intrascendente en términos diplomáticos, pero elocuente en lo que se refiere a la falta de refinamiento, es la escena, captada por varios fotógrafos y camarógrafos, en la que Carla Bruni pasea con gracia y salero frente a una fila en la que están Margarita Zavala, la canciller Patricia Espinosa, el secretario de Seguridad Pública federal Genaro García Luna y el secretario de Hacienda Agustín Carstens.
La foto, hasta hace unos años, hubiera sido impublicable, pues en ella aparece la esposa de Felipe Calderón mal parada, con las piernas separadas y las puntas de los pies apuntando hacia adentro, pose del todo impropia para la esposa de un jefe de Estado y que contrasta desventajosamente con el garbo de la señora Sarkozy. Hoy, con la prensa afortunadamente sin control, la gráfica salió en diarios de amplia circulación, pero resulta evidente que en Los Pinos ya no hay quien atienda estos detalles que para otros gobiernos resultan de primera importancia, pues en política lo que se proyecta tiene visos de realidad, lo que parece, sencillamente, es. Así de simple.
En la misma foto se ve a nuestra canciller mirando la bien delineada figura de Carla Bruni con un gesto de “¡qué bárbara!”, como si la esbelta silueta fuera por mantenerse ajena a la gastronomía de tacos y garnachas. Más lamentable es la mirada con que se captó a los secretarios de Seguridad Pública y de Hacienda, que sin recato miran y admiran el ciertamente admirable derriére de la guapa visitante. Si el marido de la cantante vio los diarios mexicanos, francés al fin, seguramente habrá sonreído con orgullo, pero cabe preguntar: ¿Ya no hay quien se encargue del protocolo en Los Pinos? ¿Por qué no contratan a una persona que advierta a los funcionarios que en público no pueden lanzarse miradas lúbricas sobre la esposa de un jefe de Estado?
Se trata de falta de cuidado, de anécdotas que quedarán para la picaresca de nuestra clase política y que, supongo, no afectan las relaciones entre México y Francia. En cambio, lo que sí tiene consecuencias de orden interno y externo es la insistencia del mandatario galo en reclamar la extradición de la francesa Florence Cassez, presa y sentenciada a 60 años de cárcel por secuestro y otros delitos.
Una vieja tradición obliga al Estado francés a emplear todos los medios a su alcance para proteger a sus súbditos. México ha padecido por esa vocación de imponer esa tutela en cualquier lugar del mundo. Lo sufrió en 1838 nuestro país cuando la Guerra de los Pasteles, desatada por Francia con el pretexto de las indemnizaciones que demandaban ciudadanos franceses, especialmente un pastelero de Tacubaya, por los daños sufridos en sus negocios debido a las turbulencias de la política local. En esa ocasión, una flota de guerra de Francia bloqueó Veracruz durante siete meses, al término de los cuales abrió fuego contra el puerto, lo que dañó principalmente a la población civil.
Más conocida es la intervención francesa de 1862-67, originada por la suspensión de pagos que decretó el presidente Benito Juárez al término de la Guerra de los Tres Años, cuando el país se hallaba devastado y el erario se encontraba en total insolvencia. La imposición de un emperador austriaco y la guerra civil consiguiente fueron el resultado de aquella nefasta intervención que nunca fue respaldada por lo mejor del pueblo francés y la que Víctor Hugo, desde el exilio, reprobó en forma ejemplar.
Por fortuna, pese a las agresiones, ha prevalecido una muy justificada admiración de los mexicanos por la cultura francesa, a la que algunos pensadores mexicanos han calificado de orgullo y bandera de la civilización contemporánea.
Pero el hecho es que, de una forma u otra, el Estado francés nunca ha renunciado a la defensa de sus ciudadanos en cualquier parte del planeta, lo que en muchos casos resulta plausible. Con esa determinación nos hubiera gustado que actuara el gobierno mexicano cuando se produjo la agresión de tropas colombianas contra un campamento de las FARC en territorio ecuatoriano, hecho en el que murieron varios mexicanos que, aclaremos, no eran guerrilleros y habían sido llevados hasta aquel punto remoto por la solidaridad con una causa que consideraban justa. La primera reacción del gobierno mexicano fue de franco desprecio por nuestros connacionales y lo que siguió es una feria de tibiezas que no ha impedido la persecución a Lucía Morett, la chamaca que sobrevivió al crimen ordenado por el presidente de Colombia, para quien no han escaseado las muestras de amistad del gobierno panista de México.
Parece un contrasentido que Sarkozy demande seguridad para sus connacionales y a la vez abogue por Florence Cassez, sentenciada por la comisión de delitos en nuestro territorio. De lograr su expatriación, Francia, por la pésima fama del Poder Judicial que tenemos, podría someterla a un nuevo juicio y terminar declarándola inocente, lo que pondría en entredicho a la justicia mexicana. Sería como ir de derriére, hacia atrás, como casi todo en el país.
hum_mus@hotmail.com

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